Occidente hace la vista gorda en Yemen
Lo que comenzó siendo un altercado tribal se convirtió hace dos años en una guerra. Ya no se puede pasar por alto el drama humanitario que tiene lugar en Yemen. Los medios casi no tocan el conflicto.
El 25 de marzo de 2015, Arabia Saudí, a la cabeza de una coalición de diez países árabes, lanzaba la ofensiva aérea que daba inicio a la guerra en Yemen contra los rebeldes hutíes. La guerra ha acabado con la vida de 12.000 civiles, ha generado 3 millones y medio de desplazados internos y el 83% de la población yemení necesita ayuda humanitaria.
Para comprender los acontecimientos que motivaron la guerra hay que remontarse a 2011 con la Primavera Árabe. A semejanza de sus países vecinos, una gran cantidades jóvenes universitarios yemeníes provenientes de las áreas urbanas salieron a las calles para protestar contra el presidente Saleh tras más de tres décadas en el poder.
A pesar de las similitudes con los gobernantes tiránicos de la zona (Libia, Egipto o Túnez) y las dinastías monárquicas (Arabia Saudí, Bahréin o Qatar), Yemen siempre ha sido la avanzadilla del mundo árabe en cuanto a la experimentación de diferentes sistemas democráticos; y gozaba de mayor libertad de expresión y de instituciones parlamentarias.
El descontento también se manifestó por el apoyo decisivo de Saleh a Estados Unidos en su lucha contra el terrorismo de Al Qaeda.
Como en todo régimen autoritario, la corrupción y el intento de acaparar mayor poder llevaron a que la gente llenará las plazas de las tres principales ciudades: Adén, Saná y Taiz.
En estas tres ciudades -como en la experiencia egipcia, libia o tunecina- pasaron de pedir mayores reformas democráticas a exigir la cabeza de Saleh. Tras un intento de asesinato que le abrasó la mitad del cuerpo, en 2012 el Consejo de Cooperación del Golfo liderado por los saudíes obliga a dimitir a Saleh en detrimento de su vicepresidente Abdi Rabo Mansur Hadi.
El ya expresidente acusa a Estados Unidos y Arabia Saudí de estar detrás de su derrocamiento, a pesar de que hasta entonces ambos países eran su principal sostén. Saleh pasa un segundo plano y comienza a mover los hilos de una futura alianza inédita con los hutíes, enemigos históricos del líder yemení.

Dos mujeres caminan cargadas en Sanaa,Yemen. Khaled Abdullah, Reuters, 2016.
Los zaidíes, rama del movimiento chií, libraron encarnizadas luchas contra Saleh. La más decisiva fue en 2004, cuando el asesinato de su líder al Houthi por parte del gobierno motivó el cambio de denominación por el de hutíes.
Esta alianza es propia de la idiosincrasia de Yemen, un país en el que históricamente las alianzas y las enemistades están en constante cambio por su naturaleza tribal.
El avance de los zaidíes hacia el sur desencadena la intervención inmediata de la coalición árabe, ante el riesgo de que los rebeldes lleguen a Adén donde se asienta el presidente Hadi. En los dos años que se acaban de cumplir del inicio de la guerra, el conflicto se mantiene prácticamente inamovible.
El reparto de territorio sigue manteniéndose con los hutíes asentados desde el norte hasta la capital Saná y Hadi con la estratégica ciudad sureña de Adén, que alberga el principal puerto del país e impide la entrada de cualquier ayuda humanitaria desde hace ya dos años.
La campaña de la coalición encabezada por Arabia Saudí ha estado centrada desde sus inicios en bombardeos aéreos sobre infraestructuras estratégicas. El aeropuerto de la capital Saná, el puerto de la ciudad de Al-Hudayda, puentes y hospitales -como el de Médicos Sin Fronteras en el noroeste de Yemen- han sido objetivo de las bombas saudíes.
Es una guerra y los dos bandos están intentando camuflar las atrocidades que están cometiendo. Los hutíes han bombardeado también residencias, escuelas y hospitales. Los desvaríos y excesos son por las dos partes, unos aéreos más agresivos e indiscriminados y otros por tierra de menor intensidad.
El estudio realizado por el grupo humanitario Yemen Data Project constata que uno de cada tres bombardeos realizados por la fuerza aérea saudí han ido dirigidos contra la población. Desde el inicio del conflicto la coalición ha lanzado 8.600 bombardeos, de los que 3.150 iban destinados a objetivos civiles. Las Naciones Unidas han documentado el reclutamiento de 762 niños desde el inicio del conflicto, el 72% pertenecientes al bando hutí.
Este estudio de hace un año también recoge los asesinados durante la guerra: el 20% total de los asesinados corresponden al bando hutí, el 80% restante corresponde al bando saudí.
Su presidenta Eva Erill denuncia la catástrofe humanitaria que está viviendo el país con el beneplácito de la ONU: “El organismo ha tomado partido descaradamente a favor de Estados Unidos que apoya a Arabia Saudí en la guerra. Debería haber declarado la hambruna en Yemen hace mucho tiempo y no la está declarando por intereses políticos".
Las Naciones Unidas es un organismo norteamericano, con socios americanos y que tiene como director de derechos humanos a Arabia Saudí. Los ataques de la coalición cuentan con el apoyo militar y logístico de Estados Unidos y Reino Unido, y con el beneplácito de las Naciones Unidas a través de la resolución 2216 del Consejo de Seguridad de abril de 2015 (por omisión de China y Rusia). Decisión que también impone únicamente un embargo de armas al bando de los hutíes.
Arabia Saudí siente una especie de psicosis colectiva por el papel preponderante que está tomando Irán en la región, aunque todo parece indicar que van a contar con el apoyo decisivo de Donald Trump durante su primer mandato.
"El brote de cólera, junto a la desnutrición y el impacto de dos años de guerra, ponen en riesgo la vida de los niños en Yemen (…) el 80% de la población infantil de Yemen (casi 10 millones) necesita ayuda humanitaria urgente", agrega el comunicado. "Ausencia de agua potable y servicios de salud están agravando el brote de cólera", añade.
Lo que el país necesita es una conferencia de reconciliación nacional, sin condiciones previas. Y sobre todo, sin interferencias externas. Y lo que toda la región requiere es una arquitectura de seguridad que considere tanto a Riad como a Teherán. Eso quizás pueda cercar las fronteras de la paranoia obsesiva de los políticos saudíes que supuestamente buscan luchar contra la creciente influencia persa en la región.
El 25 de marzo de 2015, Arabia Saudí, a la cabeza de una coalición de diez países árabes, lanzaba la ofensiva aérea que daba inicio a la guerra en Yemen contra los rebeldes hutíes. La guerra ha acabado con la vida de 12.000 civiles, ha generado 3 millones y medio de desplazados internos y el 83% de la población yemení necesita ayuda humanitaria.
Para comprender los acontecimientos que motivaron la guerra hay que remontarse a 2011 con la Primavera Árabe. A semejanza de sus países vecinos, una gran cantidades jóvenes universitarios yemeníes provenientes de las áreas urbanas salieron a las calles para protestar contra el presidente Saleh tras más de tres décadas en el poder.
A pesar de las similitudes con los gobernantes tiránicos de la zona (Libia, Egipto o Túnez) y las dinastías monárquicas (Arabia Saudí, Bahréin o Qatar), Yemen siempre ha sido la avanzadilla del mundo árabe en cuanto a la experimentación de diferentes sistemas democráticos; y gozaba de mayor libertad de expresión y de instituciones parlamentarias.
El descontento también se manifestó por el apoyo decisivo de Saleh a Estados Unidos en su lucha contra el terrorismo de Al Qaeda.
Como en todo régimen autoritario, la corrupción y el intento de acaparar mayor poder llevaron a que la gente llenará las plazas de las tres principales ciudades: Adén, Saná y Taiz.
En estas tres ciudades -como en la experiencia egipcia, libia o tunecina- pasaron de pedir mayores reformas democráticas a exigir la cabeza de Saleh. Tras un intento de asesinato que le abrasó la mitad del cuerpo, en 2012 el Consejo de Cooperación del Golfo liderado por los saudíes obliga a dimitir a Saleh en detrimento de su vicepresidente Abdi Rabo Mansur Hadi.
El ya expresidente acusa a Estados Unidos y Arabia Saudí de estar detrás de su derrocamiento, a pesar de que hasta entonces ambos países eran su principal sostén. Saleh pasa un segundo plano y comienza a mover los hilos de una futura alianza inédita con los hutíes, enemigos históricos del líder yemení.
Dos mujeres caminan cargadas en Sanaa,Yemen. Khaled Abdullah, Reuters, 2016.
Los zaidíes, rama del movimiento chií, libraron encarnizadas luchas contra Saleh. La más decisiva fue en 2004, cuando el asesinato de su líder al Houthi por parte del gobierno motivó el cambio de denominación por el de hutíes.
Esta alianza es propia de la idiosincrasia de Yemen, un país en el que históricamente las alianzas y las enemistades están en constante cambio por su naturaleza tribal.
El avance de los zaidíes hacia el sur desencadena la intervención inmediata de la coalición árabe, ante el riesgo de que los rebeldes lleguen a Adén donde se asienta el presidente Hadi. En los dos años que se acaban de cumplir del inicio de la guerra, el conflicto se mantiene prácticamente inamovible.
El reparto de territorio sigue manteniéndose con los hutíes asentados desde el norte hasta la capital Saná y Hadi con la estratégica ciudad sureña de Adén, que alberga el principal puerto del país e impide la entrada de cualquier ayuda humanitaria desde hace ya dos años.
La campaña de la coalición encabezada por Arabia Saudí ha estado centrada desde sus inicios en bombardeos aéreos sobre infraestructuras estratégicas. El aeropuerto de la capital Saná, el puerto de la ciudad de Al-Hudayda, puentes y hospitales -como el de Médicos Sin Fronteras en el noroeste de Yemen- han sido objetivo de las bombas saudíes.
Es una guerra y los dos bandos están intentando camuflar las atrocidades que están cometiendo. Los hutíes han bombardeado también residencias, escuelas y hospitales. Los desvaríos y excesos son por las dos partes, unos aéreos más agresivos e indiscriminados y otros por tierra de menor intensidad.
El estudio realizado por el grupo humanitario Yemen Data Project constata que uno de cada tres bombardeos realizados por la fuerza aérea saudí han ido dirigidos contra la población. Desde el inicio del conflicto la coalición ha lanzado 8.600 bombardeos, de los que 3.150 iban destinados a objetivos civiles. Las Naciones Unidas han documentado el reclutamiento de 762 niños desde el inicio del conflicto, el 72% pertenecientes al bando hutí.
Este estudio de hace un año también recoge los asesinados durante la guerra: el 20% total de los asesinados corresponden al bando hutí, el 80% restante corresponde al bando saudí.
Se requiere ayuda humanitaria
La única ONG española presente en el país del sur de la Península Arábiga -fundada por tres mujeres barcelonesas- ha repartido ayuda a 10.000 personas, gracias a la labor de una mujer yemení extrabajadora de una compañía aérea.
Su presidenta Eva Erill denuncia la catástrofe humanitaria que está viviendo el país con el beneplácito de la ONU: “El organismo ha tomado partido descaradamente a favor de Estados Unidos que apoya a Arabia Saudí en la guerra. Debería haber declarado la hambruna en Yemen hace mucho tiempo y no la está declarando por intereses políticos".
Las Naciones Unidas es un organismo norteamericano, con socios americanos y que tiene como director de derechos humanos a Arabia Saudí. Los ataques de la coalición cuentan con el apoyo militar y logístico de Estados Unidos y Reino Unido, y con el beneplácito de las Naciones Unidas a través de la resolución 2216 del Consejo de Seguridad de abril de 2015 (por omisión de China y Rusia). Decisión que también impone únicamente un embargo de armas al bando de los hutíes.
Arabia Saudí siente una especie de psicosis colectiva por el papel preponderante que está tomando Irán en la región, aunque todo parece indicar que van a contar con el apoyo decisivo de Donald Trump durante su primer mandato.
Atacados por el cólera
"Se trata del peor brote del cólera en el mundo que se produce en medio de la mayor crisis humanitaria; solo en los últimos tres meses se han registrado 400.000 casos sospechosos de cólera y cerca de 1.900 muertes", dice el comunicado publicado en la web de la Organización Mundial de la Salud"El brote de cólera, junto a la desnutrición y el impacto de dos años de guerra, ponen en riesgo la vida de los niños en Yemen (…) el 80% de la población infantil de Yemen (casi 10 millones) necesita ayuda humanitaria urgente", agrega el comunicado. "Ausencia de agua potable y servicios de salud están agravando el brote de cólera", añade.
Su futuro
La actual escalada militar no traerá cambios en la guerra, y ciertamente, tampoco paz. La experiencia de los últimos dos años ha demostrado que, apartando a la industria armamentista, los únicos beneficiados son las organizaciones terroristas Al-Qaeda y el Estado Islámico. Una vez más, la política occidental parece ayudar a producir más terroristas que a eliminarlos.Lo que el país necesita es una conferencia de reconciliación nacional, sin condiciones previas. Y sobre todo, sin interferencias externas. Y lo que toda la región requiere es una arquitectura de seguridad que considere tanto a Riad como a Teherán. Eso quizás pueda cercar las fronteras de la paranoia obsesiva de los políticos saudíes que supuestamente buscan luchar contra la creciente influencia persa en la región.
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